Brautigan y sus trofeos de lectores

Leo mis notas sobre las novelas de Richard Brautigan y veo que no dudo en resaltar su forma de hacer novelas. Eso y las palabras “absurdo” e “inventiva”. Eso se repite  en cada una de las reseñas de “La pesca de la trucha en América”, “El monstruo de Hawkline” y “Willard y sus trofeos de bolos”. Y  ¿cómo no hacerlo si regala frases geniales como éstas?

A veces la gente preguntaba qué estaba haciendo Cameron, y Greer decía: “Está contando algo”. Y la gente preguntaba: “¿Y qué está contando?” Y Greer decía: “¿qué más da?” Y la gente decía: “Oh”.

El monstruo de Hawkline (1974)

Bhawkline
Anagrama lo editó en 1974 -año de su publicación-

A eso de las cinco de la tarde de mi cubierta para La pesca de la trucha en América, la gente se reúne en el parque que hay enfrente de la iglesia y tiene hambre.

Es la hora de los bocadillos para los pobres. Pero no pueden cruzar la calle hasta que se dé la señal.

Entonces cruzan todos corriendo para llegar a la iglesia y recoger sus bocadillos envueltos en papel de periódico. Vuelven al parque y le quitan el envoltorio a los bocadillos para ver de qué son.

Una tarde un amigo mío le quitó el periódico al bocadillo y lo abrió para descubrir que sólo había una hoja de espinaca. Nada más.

La pesca de la trucha en América (1967)

bla pesca de la trucha
Blackie Books lo tradujo al español -por primera vez- en 2010.

Richard Brautigan –como se ve en los fragmentos- prefería el sin sentido excéntrico, la irreverencia y la imaginación para abordar la literatura.

Escritor norteamericano de la contracultura de los años 60, Brautigan nació el 30 de enero de 1935 y durante 18 años hizo diez novelas, varios libros de poemas y uno de cuentos (alabado por lectores y críticos).

La pesca de la trucha en América (1967) es su novela más conocida y  rara por su contenido incoherente (esto no es lo que importa), aunque disfrutable por el surrealismo absurdo que derrocha. Así, leer a Brautigan es adentrarse a un mundo peculiarmente creativo y tonto, así como gracioso y conmovedor.

Pero…

¿Qué hace a Richard Brautigan un escritor reverenciado?

Las tramas de sus novelas, sin duda (Dos pistoleros son contratados por una señorita mutante para eliminar a un monstruo químico: El monstruo de Hawkline; unos hermanos jugadores de bolos buscan sus trofeos robados, que reposan en un apartamento, enmedio de un pájaro de papel mache llamado Willard: Willard y sus trofeos de bolos; dos hippies y unas ranas que dejan de croar cuando les gritan “Campbells’s soup!”: Un general confederado de Big Sur; Un escritor que acaba de romper con su novia japonesa mientras escribe una historia sobre un sombrero mejicano que cae en medio de la ciudad. El escritor cree que la historia no funciona y la tira a la basura, pero ésta continúa de forma independiente, paralela a su vida sentimental: “Sombrero Fallout” (1976), como lo describe el escritor Kiko Amat -fanático de Brautigan-.

Pero en las novelas está su escritura. Entonces, la admiración es por su estilo de escritura

Su escritura caracteriza por el uso de un tono que parece ingenuo o tonto, y que da paso a un humor exquisitamente absurdo, con personajes “bobos” a los que sería difícil no llegar a tenerles cariño, además de diálogos o situaciones surrealistas -siempre dentro de una cotidianidad cercana- que provocan la risa de un momento a otro. ¿La forma? Frases breves con potente significado que aceleran la trama.

La virtud de Brautigan es cómo construía las historias de sus novelas: producto de hechos comunes que buscan propósitos disparatados. Además, resaltan la burla del cliché cotidiano: las discusiones que salen de la nada, así como las metáforas del sexo y los objetos inanimados que cobran vida.

¿Los temas? La alegría por la convivencia sencilla que se presenta como rutinaria e imperceptible pero que si se observa con detenimiento es algo tan fantástico de descubrir: por sus contradicciones, risas e instantes conmovedores. También la compañía que significa estar con una persona (una mujer o amigo), llena de ternura.

Richard Brautigan La Persona fue un niño huérfano, un alcohólico depresivo, un escritor rechazado -cosa que influyó para que el seguidor fotográfo Todd Lockwood creara en Vermont la Biblioteca Brautigan, que aceptaría todos los manuscritos rechazados. Tal cual como en la novela de Brautigan The Abortion- y un hombre que se pegó un tiro con una pistola a los 49 años de edad en 1984.

No sólo fue convertido en escritor de culto por los lectores aficionados a lo excéntrico o raro, sino que Brautigan fue admirado por escritores. Prueba de ello son las declaraciones de Neil Gaiman sobre su lectura (“Sé feliz. Desconciértate. Siéntete vivo. Lee esto”), Haruki Murakami (“La primera vez que leí a Brautigan no podia creer que pudieran existir libros así”) o Kiko Amat –como decía, el seguidor que refleja mejor su cariño sincero  afirmando que: “Ningún escritor ha logrado mantener esa inocencia imperturbable durante una carrera. Lo miraba todo con ojos como platos, escribía con voz de niño y parecía decirte: Todo es posible”.-.

Leer a Richard Brautigan es asistir a un golpe de agua fresca irreverente y original, tanto en sus historias como en su modo de acercarse hacia la novela. Su lectura es divertida e inteligente, que invita a apreciar cada momento sencillo de la vida –desde el absurdo e imaginación-. No por nada una reseña del San Francisco Examiner decía: “En el futuro la gente escribirá brautigans tal y como ahora se escriben novelas”.

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